No podemos creer el relato chavista sobre lo que está pasando en Honduras. El presidente Zelaya ha vulnerado toda la legalidad y en consecuencia ha sido destituido. El empeño de los demócratas ha de ser el restituir en el poder a los legítimos alcaldes de Managua y Caracas y en ningún caso a a Zelaya como presidente de Honduras.
Todos los tópicos ideológicos y todos los clichés que tenemos sobre América Latina se han puesto en juego para hacer una determinada lectura de lo que está pasando en Honduras. Y contando con una opinión pública catalana y española mucho menos avezada en la política internacional que la de otros lugares, nos han convencido de que el presidente hondureño José Manuel Zelaya había sido apartado del poder como un nuevo Allende. Así, militantes golpistas desconocían la voluntad popular y destituían a un presidente “defensor del pueblo y de los pobres”.
Este es el relato que se nos ha vendido. Y se debe prestar atención a que los diarios catalanes y españoles sólo han empezado a hablar de Honduras cuando hacía ya días que “El País”, marcando la pauta, nos había empezado a vender el relato del chavismo y sus adlateres. Un relato que, en cualquier caso, ha impulsado al Gobierno español a pedir la restitución de Zelaya al frente del gobierno de Honduras, ha hecho que el rey de España condenara el “golpe” y que el ministro Moratinos pidiera la retirada de todos los embajadores de la Unión Europea de Tegucigalpa. Los hechos, sin embargo, son algo más complicados.
Se nos dice que todo empezó cuando Zelaya (Allende) quiso destituir a la cabeza del Estado Mayor Conjunto, el general Romeo Vásquez (Pinochet). La historia, no obstante, había empezado mucho antes. La victoria, en el año 2005, de Mel Zelaya del Partido Liberal en las elecciones de Honduras, pareció abrir un espacio nuevo en un continente dominado por el populismo de izquierdas en general, y muy peculiarmente por la demagogia chavista. Parecía que Honduras podía encontrar el camino del desarrollo con la búsqueda de inversiones extranjeras y creando un espacio de confianza que propiciara el crecimiento económico. Los primeros años de Zelaya, no sin dificultades, constituyeron, de hecho, un éxito con el impulso de buenas políticas económicas y buenas políticas sociales.
Primero el petróleo a bajo precio y después la inclinación fácil de Zelaya hacia un populismo lo acercaron a Hugo Chávez. A finales del 2007 se encendieron todas las alarmas del nacionalismo hondureño y del Partido Liberal cuando el presidente se incorporó al ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas). Y Zelaya, como antes Chávez, Morales, Correa… empezó a hablar de una Asamblea Constituyente que sustituyera al Parlamento, de su reelección… En definitiva, Zelaya derivó hacia el autoritarismo, con persecución de la prensa incluida, que el venezolano ha exportado a varias repúblicas de América.
La crisis definitiva se desencadena, en todo caso, cuando Zelaya anunció que el pasado domingo 28 de junio quería hacer una consulta que debía permitir – ahora ya sí – disolver el Parlamento, crear una Asamblea Constituyente y establecer su reelección presidencial. De inmediato, el Tribunal Supremo Electoral sentenció que la consulta era inconstitucional. Aún así, Zelaya mandó al ejército que distribuyera 15.000 urnas para echar adelante la votación. El mando militar se resistió a llevar a término una orden que contravenía una sentencia. Ante la negativa, Zelaya, que contaba ya con el apoyo de militantes venezolanos y nicaragüenses en territorio hondureño, destituyó el general Romeo Vázquez. La Corte Suprema de Justicia dictaminó que la destitución del general era incorrecta y que las urnas no se podían distribuir.
Ante este estado de cosas el Parlamento nombró una comisión con la participación de todos los partidos que estudió la situación y concluyó que el presidente había violado toda la legalidad vigente. Todos los diputados, votaron unánimemente por la destitución de Zelaya e iniciaron su procesamiento legal.
Esta hilera de hechos nos trae a la conclusión que el Parlamento de Honduras intervino para evitar un golpe contra la institucionalidad democrática. Y cuando se vota, de nuevo por unanimidad, al presidente del Congreso Roberto Micheletti como nuevo presidente, no se hace sino poner el país en manos de quienes le correspondía asumir el cargo por sucesión constitucional. Una decisión avalada, por otra parte, por la Corte Suprema de Justicia.
Que todos los líderes bolivarianos de todas las Américas intenten convertir Zelaya en un nuevo Allende es completamente normal. Tal y como dice el Wall Street Journal, en Tegucigalpa están llegando las últimas oleadas del chavismo y del castro-comunismo. Lo que ya no es normal es que la Organización de Estados Americanos, la diplomacia española y el mismo Obama estén bregando por el restablecimiento de Zelaya como presidente. Y es que contrasta ver como todas estas instancias han tomado claramente partido en un asunto, cuando menos confuso, mientras permanecieron completamente calladas cuando el pasado noviembre, en Nicaragua, Daniel Ortega impuso un claro y masivo fraude en las elecciones. Los demócratas lo que pedimos es que Eduardo Montealegre sea reconocido como alcalde de Managua, en cuanto que legítimo ganador de las elecciones; del mismo modo que Antonio Ledezma lo debe ser de Caracas. Y es que en Managua y en Caracas debe valer más el voto popular que el poder de los dictadores José Daniel Ortega Saavedra y Hugo Chávez Frías. A los demócratas sobre todo no nos deben confundir en relación en Honduras. Miel Zelaya ya no es de los nuestros!
Texto original en catalán: http://www.nouscatalans.cat/index.php?option=com_contingut&contingut=772&accio=enviar
Carles Llorens
Secretario de Relaciones Internacionales de Convergencia Democratica de Cataluña










